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¿Guardan las plantas el secreto de la conciencia humana?

Sobre la imagen: Ben Romberg Ayahuasca man. Creative Commons Flickr.

“La relación entre los primates y las plantas alucinógenas tiene el sentido de una transferencia de información de una especie a otra”. Terence McKenna.

de Raúl Martínez Ibars para Comunidad de AUTORES: ¿Guardan las plantas el secreto de la conciencia humana?

Probablemente no lo recordéis, pero hubo un tiempo en que la Tierra era el centro del Universo: el sol, la luna, los planetas y estrellas giraban a su alrededor. Hasta que llegó Copérnico y puso las cosas en su sitio, sólo éramos uno de tantos planetas orbitando al sol, que resultó ser una de tantas estrellas de una galaxia repleta, en un Universo que tiende a infinito.

Nos quedó el consuelo de haber sido hechos por Dios, a su imagen y semejanza, hasta que llegó Darwin y nos emparentó con los monos, destronándonos de nuestra relación privilegiada con el Todopoderoso.

Entonces nos refugiamos en nuestra racionalidad, éramos el único ser que toma decisiones basándonos en la Razón. Hasta que llegó Freud y dijo que estábamos todos dominados por impulsos inconscientes, de los que ni siquiera conocíamos su existencia. Hoy sabemos que el cuerpo toma la decisión décimas de segundo antes de que lo hagamos conscientemente.

Entonces, ¿quién decide?

Está bien, nos decimos, pero somos la única especie que dispone de un lenguaje articulado, los únicos capaces de concebir un mundo espiritual, trascendente, de crear religiones, los únicos capaces de pensamiento autoreflexivo.

Cierto, pero ¿y si todas esas cualidades se las debiéramos a las plantas?

¿Las plantas? ¿Qué tendrán que ver cuatro raíces, tallos, hojas, flores o frutos con la excelencia del leguaje o la extraordinaria experiencia transcendente?

No, no hablamos de ese tipo de plantas, sino de otras mucho más simples, hablamos de los hongos y más concretamente de unos que crecen en la caca de vaca o, para ser más exactos, de rumiantes de pezuña que pastaban en las primigenias praderas africanas.

¿Qué tendrán que ver cuatro raíces, tallos, hojas, flores o frutos con la excelencia del leguaje o la extraordinaria experiencia transcendente?

Lo siento, no puedo poner un nombre encima de la mesa, aunque sí unos cuantos, por ejemplo, Terence McKenna, Gordon Wasson y hasta Albert Hofmann. El segundo, creador de la etnomicología, que consiste, según sus palabras, en “el estudio del papel de los hongos en el pasado de la raza humana”[i]. El último quizás os suene, fue el bioquímico descubridor accidental del LSD. O Robert Graves o Riane Eisler o Marija Gimbutas. Si nada os evoca ninguno de estos nombres, ¡aleluya!, tenéis un amplio y apasionante mundo por explorar.

Dice McKenna: “Hasta el siglo XIX no hemos sido capaces de aceptar que el hombre descendía del mono; ahora tenemos que aceptar que se trataba de unos monos <colocados>. El <colocarnos> parece haber sido nuestra característica particular.”[ii]

¿Colocados, por qué colocados?

Según dicho autor, la especie candidata con más puntos para ser considerada como la llave que nos abrió la puerta de la consciencia, el lenguaje y la relación con la transcendencia es la Stropharia cubensis, un hongo que contiene psilocibina y que crecía en el estiércol del ganado salvaje. Como quizás sepáis, la psilocibina pertenece a la familia de los indólicos, emparentada con el DMT, pero también con el LSD, la ibogaína o la ayahuasca, todos ellos compuestos alucinógenos fuertemente visionarios.

Howard G Charing Ayahuasca Inspired. Flickr CeativeCommons

“Una amplia evidencia sostiene la noción de que la Stropharia cubensis es la planta primigenia, nuestro cordón umbilical con la mente femenina del planeta, que durante los años en que se celebraba su culto, el culto paleolítico de la Gran Diosa provista de cuernos, nos comunicaba tal conocimiento que éramos capaces de vivir en equilibrio dinámico con la naturaleza, con los demás y con nosotros mismos”, nos dice McKenna[iii]

…la especie candidata con más puntos para ser considerada como la llave que nos abrió la puerta de la consciencia, el lenguaje y la relación con la transcendencia es la Stropharia cubensis, un hongo que contiene psilocibina y que crecía en el estiércol del ganado salvaje.

¿De verdad? ¿Un insignificante hongo alucinógeno puede estar en la base de la conciencia humana?

“No falta quien se moleste (asevera Wasson) porque la clave, aun de la religión, pueda reducirse a una mera droga… De una simple droga brota lo inefable, surge el éxtasis. No es el único ejemplo en la historia de la humanidad en que lo más bajo haya producido lo divino.”[iv]

Quizás en estos tiempos de pandemia por coronavirus no nos resulte tan fuera de lugar esta afirmación, aunque en este caso no sea el surgimiento de lo “divino”, sino la propia supervivencia de la especie lo que esté en juego por culpa de “lo mas bajo”.

Y ya que Wasson menciona el éxtasis, comencemos por el éxtasis. Ekstasis para los griegos significaba que el alma volaba fuera del cuerpo.[v] “… era como si mi propia alma me hubiera sido extirpada del cuerpo y transportada a un punto flotante en el espacio; atrás quedaba el cascarón de arcilla, mi cuerpo. Allí quedaban nuestros cuerpos mientras nuestras almas remontaban”[vi], explica Wasson de su primera experiencia con hongos Psilocybe caerulescens.

El éxtasis es la experiencia básica, y buscada, provocada por la ingesta de plantas alucinógenas, y es, a su vez, la razón de ser del chamanismo, considerada la primera aproximación a, y experiencia de lo divino en el devenir de la humanidad. En la vivencia del vuelo extático se diluyen los límites del yo y se trasciende la dualidad, se viaja a través del tiempo y se accede a la comunicación con seres de otras especies, con los elementos e, incluso, según aseguran quienes aún mantienen la ingesta de plantas sagradas en el núcleo de su cultura, permite conocer a Dios. Esa comunicación con el reino animal quizás explique la proliferación de dioses con aspecto de animal en la antigüedad.

El éxtasis es la experiencia básica, y buscada, provocada por la ingesta de plantas alucinógenas, y es, a su vez, la razón de ser del chamanismo, considerada la primera aproximación a, y experiencia de lo divino en el devenir de la humanidad.

“Cuando el hombre emergía de su pasado animal, hace miles de años, hubo un estadio en la evolución de su conciencia en el que descubrió un hongo (¿o quizás fuera una planta superior?) con propiedades milagrosas que constituyó una revelación, un verdadero detonante para su alma, que despertó en él sentimientos de asombro y reverencia, bondad y amor, hasta el más alto registro del que es capaz la humanidad”[vii].


 

"De repente, algo le perturbó. Emergió al exterior y se vio literalmente rodeado por una nube de insectos. Parecían ser atraídos por él, pues Nixiwaka continuaba su canto ajeno a aquella invasión. Uno de los insectos se le acercó hasta colocarse a un palmo de sus ojos. Tuvo la vívida sensación de que le estaba observando. Él lo miró fijamente y ambos parecieron comunicarse con la mirada. No daba crédito. Aquel diminuto animal semejaba un aviador sentado sobre un sillón con alas. Sus ojos le recordaron las gafas de un piloto de avión de principios del siglo XX. Antes de que pudiera reaccionar a aquella extraña visión, sintió que el insecto le hablaba. 

¿Quién eres tú? ¿Qué has venido a hacer aquí? 

Mi nombre es Sirus Shams, he venido en busca de mi mujer, contestó mentalmente. ¿Y tú, quién eres?, preguntó a su vez. 

Soy el espíritu de los insectos. 

Sirus sintió un vahído, y un retortijón en el estómago tensó su cuerpo y lo puso en estado de alerta. Estuvo a punto de vomitar. Consiguió contener el impulso, pero todo se oscureció a su alrededor.

Nadie entra en esta selva sin mi permiso, dijo el insecto. Dame una razón para que te deje pasar.

La oscuridad comenzó a penetrarle por los pies, invadiendo todo su cuerpo, mientras la miríada de insectos crecía y se introducía bajo su piel. El terror lo petrificó. Creyó que iba a enloquecer. Aquello no podía estar sucediendo. Estaba siendo devorado por millones de bichos repelentes. 

Instintivamente, comenzó a entonar una salmodia persa, una oración sufí. Sus manos, cadenciosas, se movían acompañando el canto, moldeando su voz. Ésta, apenas audible al principio, comenzó a tomar cuerpo, alzándose sobre la nube de insectos. Conforme el canto ascendía en la noche, la luz fue ganando la batalla a la oscuridad, y el espíritu de los insectos sonrió. Una llama azul emergió del fuego y se elevó hacia la copa de los árboles y un instante después la calma inundó de nuevo su corazón. Los insectos habían desaparecido."

de la novela Awayagüé. La danza de la muerte.


A pesar de las reminiscencias paradisíacas que hoy le otorgamos a la experiencia extática, ésta no tiene por qué ser necesariamente agradable y, de hecho, no se conoce ninguna cultura arcaica que la vincule al placer o la diversión, lo cual sería considerado una profanación. Tal orientación sólo se da en nuestra actual cultura occidental, basada en la banalidad del consumismo, aunque todos hemos oído hablar del “mal viaje”. Para los comedores de hongos prima la reverencia, pues las propias plantas son tenidas por sagradas.

“Aquellos antecesores deben haber considerado a un hongo como una divinidad o como un ente cuasi divino”[viii].

¿Cómo es que unas drogas que se han relacionado con la adquisición de la conciencia humana, el desarrollo del lenguaje y la conexión con lo sagrado hoy en día están perseguidas y consideradas un peligro social? ¿Cómo hemos llegado a demonizar lo que fue considerado divino? ¿Quizás el acceso a una mente expandida, a un mayor nivel de conciencia sea una amenaza para el orden mental establecido?

A pesar de las reminiscencias paradisíacas que hoy le otorgamos a la experiencia extática, ésta no tiene por qué ser necesariamente agradable y, de hecho, no se conoce ninguna cultura arcaica que la vincule al placer o la diversión, lo cual sería considerado una profanación.

Pero antes, quizás, debamos hablar de la influencia de los hongos alucinógenos en la aparición del lenguaje. En palabras de McKenna: “El principal efecto sinérgico de la psilocibina parece estar en definitiva en el dominio del lenguaje. Excita la vocalización; refuerza la articulación; transmuta el lenguaje en algo visible. Puede que tuviera un impacto en la repentina emergencia de la conciencia y el lenguaje en los primitivos humanos”[ix]. El lenguaje no solo describe el mundo, sino que lo construye, conforma la realidad abstracta y simbólica que determina la propia conciencia del mundo. En el espacio de la mente, los ícaros y jaculatorias, la palabra, tiene el poder de invocar, atraer, definir, rechazar, dar forma y contenido. “Uno tiene, en estado alucinógeno, la impresión incontrovertible de que el lenguaje posee una dimensión objetiva y visible, que normalmente está oculta a nuestra conciencia”[x].


 

Otro aspecto que fascinó a Aurora fue la cosmología de los t'awayagüé. Para ellos, todo lo existente se adecuaba a un plan que exhalaba de los propios seres, cuyo conjunto conformaba el gran plan de la existencia. No concebían la idea de un Dios todopoderoso, sino que todos los entes, tanto animados como inanimados e, incluso, imaginarios, disponían de un espíritu rector con el que podían comunicarse y con el que, de hecho, se comunicaban. Así, ‘hablaban’ con los espíritus de los animales, las plantas, las rocas, los ríos, las nubes, los mitos…, quienes les transferían la información que les ayudaba a conocer y entender el mundo y a relacionarse con él. Aunque todos los espíritus eran respetados, unos eran más fuertes y disponían de más poder que otros. El de la palabra era uno de los más poderosos, y el de la muerte, el más poderoso de todos. Por ello veneraban la muerte. El mundo de los espíritus era más real que el mundo físico, y la vida tenía valor tan sólo como una de sus formas de manifestación. El aliento era la esencia de la vida, y su máxima expresión era la palabra. De ahí que de entre todos los seres vivos, el hombre fuera el más poderoso. Y para los t’awayagüé el hombre más poderoso era el que enfrentaba y vencía a la muerte, convirtiéndola en su aliada y obteniendo así todo su poder. Para ser t’awayagüé había que vencer la muerte.

de la novela Awayagüé. La danza de la muerte.


“Para quienes conocen el leguaje indio del chamán, los hongos “hablan” a través del chamán. El hongo es la Palabra: es “habla”, según me dijo Aurelio. El hongo confiere al curandero lo que los griegos llaman Logos”[xi].

Así lo describe Maria Sabina, la chamana mazateca que dio a conocer a Gordon Wasson, y al mundo entero a través de él, la existencia contemporánea de ceremonias rituales en las que se ingerían hongos alucinógenos: “…veo que el Lenguaje cae, viene de arriba, como si fueran pequeños objetos luminosos que caen del cielo. El Lenguaje cae sobre la mesa sagrada, cae sobre mi cuerpo. Entonces atrapo con mis manos palabra por palabra[xii].

Lo dijo San Juan: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios”. El verbo, el logos, la palabra, la idea. El espíritu.

Y ya que citamos la Biblia, ¿no es el propio texto sagrado el que emparenta la adquisición de la conciencia humana con la ingesta de una planta, concretamente el fruto del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal? La mujer y la serpiente son los elementos centrales del mito. ¿Acaso se trate de una reminiscencia de la Gran Diosa ancestral, uno de cuyos símbolos era la serpiente? ¿Acaso una alusión a una etapa anterior de la humanidad en la que, gracias al poder y al conocimiento de la mujer sobre las plantas, la humanidad habitó el Jardín del Edén, del que fue expulsado por un Dios iracundo y engañoso?

Esa es la teoría defendida por Riane Eisler[xiii], aunque ella no se refiera a las plantas alucinógenas, no explora ese enfoque, pero nos habla de la existencia, allá en los confines del Paleolítico y los primeros milenios del Neolítico, de la abrumadora evidencia arqueológica que confirma la existencia de un mundo gobernado espiritualmente por la Gran Diosa; una época dominada por la fraternidad, en la que no había grandes diferencias sociales y regía la solidaridad como valor básico en la relación humana; una sociedad matrilineal y matrilocal, que situaba en el centro el valor de la vida, y donde hombres y mujeres mantenían relaciones igualitarias. Eisler habla de sistemas de Asociación y sistemas de Dominación, siendo los primeros los que se desarrollan en ese extenso periodo.

A ello se refiere también Albert Hofmann[xiv] cuando afirma: “En todas las áreas culturales ha pervivido en forma de mitos el recuerdo de un tiempo anterior a la historia, de un mundo en el que todos los hombres vivían felices en seguridad, libres de todo cuidado y esfuerzo”.

una época dominada por la fraternidad, en la que no había grandes diferencias sociales y regía la solidaridad como valor básico en la relación humana; una sociedad matrilineal y matrilocal, que situaba en el centro el valor de la vida, y donde hombres y mujeres mantenían relaciones igualitarias.

¿Y si no se tratara de mitos? ¿Y si son recuerdos, transformados en mitos, de algo que existió?

Pues la buena noticia es que, según todos los indicios, ese mundo realmente existió.

Obviamente, no se trataría de una sociedad perfecta, exenta de conflictos, eran humanos. Pero aunque sepamos que cualquier tiempo pasado sólo fue mejor para el que no lo vivió, está claro que debió ser lo suficientemente bueno para dejar semejante rastro, quizás por comparación con lo que vino después.

Lo que vino después fue la espada, el caballo y el alcohol. La dominación, la desigualdad y la guerra.

Lo que vino después fue la espada, el caballo y el alcohol. La dominación, la desigualdad y la guerra.

Durante una amplia época de la historia, que llega, según lugares, hasta el 4.000-2.000 antes de Cristo, los seres humanos vivieron en entornos naturales y, durante la época sedentaria, en fértiles valles, construyeron ciudades sin murallas en las que no se aprecian diferencias destacables entre unas viviendas y otras, así como tampoco en los enterramientos; una época en la que apenas se registran restos óseos que denoten muerte violenta. Una época en la que se adoraba el principio femenino dador de vida, representado en la Gran Diosa y, añaden otros autores, en la que lo sagrado se articulaba en torno a la experiencia extática producida por plantas alucinógenas, también llamadas enteógenas, que viene a significar algo así como ‘capaces de despertar a dios dentro de uno’.

Según La Barre, quien estudió el uso magicorreligioso de las plantas alucinógenas por los indios americanos, tal uso representa la supervivencia de un antiquísimo estrato chamanista paleolítico y mesolítico[xv].

De ahí lo de monos colocados.

O sea, ¿quieres decir que existió una larga época de la humanidad, seguramente más de cien mil años, en que los humanos se relacionaron con el mundo espiritual a través del uso de plantas enteógenas y no sólo eso, sino que el propio despertar de la conciencia, del lenguaje y de la religión fue provocada por dicha ingesta? ¿Y que, además, fue una época pacífica en la que regía el principio femenino de la diosa?

Pues ahí lo dejo.


[i] R. Gordon Wasson, Albert Hofmann y Carl RucK: El camino a Eleusis. Una solución al enigma de los misterios. FCE. Madrid, 1980. Pág.11.

[ii] Terence McKenna: El manjar de los dioses. Paidós contextos. Barcelona, 1993. Pág. 71.

[iii] Op.cit. Página 65.

[iv] Op.cit. Pág. 33.

[v] Wasson et al. Op.cit. Pág. 29.

[vi] R.Gordon Wasson: El hongo maravilloso: Teonanácatl. Micolatría en Mesoamérica. FCE. México, 1993. Pág. 38.

[vii] Wasson et al. Op.cit. Pág. 33.

[viii] Op.cit. Pág. 19

[ix] McKenna, op.cit. Pág. 68.

[x] McKenna, op.cit. Pág.78.

[xi] R. Gordon Wasson: El hongo maravilloso...

[xii] Citado por G. Wasson en El hongo maravilloso… Op.cit. Pág. 38.

[xiii] Riane Eisler: El cáliz y la espada.

[xiv] Albert Hofmann: Mundo interior, mundo exterior. Los Libros de la Liebre de Marzo. Barcelona, 1997. Pág. 65.

[xv] Peter T. Furst: Alucinógenos y cultura. FCE. México, 1994. Pág. 16. Se refiere en la cita a Weston La Barre y a su artículo: Old and New World Narcotics: A Statistical Question and a Ethnological Reply”. Económic Botany, vol. 24.


Sobre el autor: Raúl Martínez Ibars

Tres vectores confluyen en el universo creativo de Raúl Martínez Ibars (1955): el mundo social y político, al que ha dedicado su vida profesional como investigador y dirigente de diversas organizaciones sociales; el mundo de la espiritualidad, la evolución consciente y la psicoterapia, formándose y practicando variadas disciplinas psicológicas y espirituales; y el sentido del humor, para el cual no ha recibido otras influencias que su propia necesidad de divertirse escribiendo.

Toda su obra se construye bajo el influjo de tales elementos, que desembocan, invariablemente, en la realidad actual, dotando a su escritura de un marcado carácter periodístico. Awayagüé. La danza de la muerte, su octava y última novela, escrita al filo de la ciencia ficción, recoge todos esos componentes y ofrece una mirada crítica sobre un mundo, el nuestro, que se acerca al abismo de su propia extinción. Comunidad de AUTORES se encarga de la publicación de esta obra y estará disponible muy pronto.

Otras obras del autor son: Alarbe, la ciudad perdida; El milagro; Hombres en crisis; Chica Valor; Nadie te está esperando; Los que van a morir…; y El límite del perdón.


 

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