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De la nada a la nada ¿Qué motiva a un escritor a escribir?

Michelangelo Merisi da Caravaggio. La inspiración de San Mateo, 1602, primera versión(destruída). La inspiración llega a San Mateo a través de un ángel, con sexualidad ambigua, que le guía para escribir los Evangelios. Caravaggio recibió el encargo para decorar la de la Iglesia de San Luis de los Franceses en Roma y pintó esta obra. No fue aceptada argumentando que la imagen no tenía decoro ni aspecto de santo porque tenía las piernas cruzadas y los pies torpemente descubiertos, hacía parecer al Santo como un pobre analfabeto. El banquero Vicenzo Giustiniani la compró para su colección. El autor tuvo que preparar una segunda versión. Pese a ser otra obra maestra, se añora la delicadeza y la fuerza expresiva de la primera versión perdida irremediablemente en un bombardeo de Berlín en 1945, durante la Segunda Guerra Mundial.

de Raúl Martínez Ibars para Comunidad de AUTORES: De la nada a la nada

¿Qué motiva a un escritor a escribir? O reduciendo la pregunta al confín de mis propias competencias, ¿qué me motiva a escribir?

La primera palabra que se me ocurre es obcecación. La idea de convertirme en escritor cruzó por mi mente cuando tenía 15 o 16 años, al escribir lo que podría llamarse mi primera narración, una novelita corta o un cuento largo que ponía en escena mi primera relación amorosa. Ya por entonces, e incluso antes, escribía un diario y, más adelante, disfrutaba redactando extensas, divertidas y surrealistas cartas a mis amigos distantes. Jugar con las palabras.

No forma parte de mi acervo personal disponer de una imaginación desbordante y, aunque al hablarle de mis veleidades literarias seguí la recomendación paterna de terminar la carrera y disponer de una profesión, cuando comencé a tomarme en serio el acto de escribir, me encontré con un erial. Escribir sobre qué. Con veintipocos años no se me ocurría tema alguno sobre el que construir una historia. Tal vacío me confinó de nuevo al diario. Ahí me ejercitaba.

Tuvieron que pasar muchos años y bastante vida para producir mi primera novela: Alarbe, la ciudad perdida. Todo comenzó con una pregunta y un propósito. La frase fue: ¿Qué ocurriría si en vez de una persona, como en La máquina del tiempo de H.G. Wells o en las películas Regreso al futuro o Terminator, fuera una ciudad entera la que mudara de tiempo?  Y el propósito fue que sólo escribiría si me divertía con ello.

De alguna manera, ambos elementos, una idea inicial y la intención de  divertirme escribiendo, me han guiado desde entonces.

Y el propósito fue que sólo escribiría si me divertía con ello.

Todo comienza, pues, con una idea: una ciudad que cambia de tiempo y lugar; una anciana con ideas xenófobas que se ve obligada a convivir con cuatro jóvenes africanos; cinco hombres de edades diversas que entran en crisis personal… Pero no toda idea vale, ni es la primera la que siempre triunfa, aunque si no hay idea inicial, no hay novela. Además, la idea debe atraparme, seducirme, resultarme atractiva de un modo u otro. Cómo ésta aparece y triunfa es un misterio y ya he dicho que las ideas no bullen en mi cerebro. Como apunta Rüdiger Safranski en su obra El mal, o el drama de la libertad: “La creación a partir de la nada puede significar en primer lugar que un ser es sacado, producido de la nada. Y esa es la versión triunfal de la acción creadora, la conciencia de la creación. Pero se da además el “de la nada”, con la cual a la vez se indica en cada acto de creación también la experiencia de la nada y lo aniquilante. Todo escritor que siente como un horror la hoja en blanco, está familiarizado con esta experiencia. El hombre creador se siente profundamente amenazado por esta nada en el interior cuando no se le ocurre nada más, o bien cuando la propia producción se le presenta de pronto como nula”.

Pero no toda idea vale, ni es la primera la que siempre triunfa, aunque si no hay idea inicial, no hay novela.

Y una vez superada la nada, debo recurrir de nuevo a la obcecación, al firme propósito de seguir estirando la idea hasta convertirla en novela, aunque a veces el vacío se instale durante semanas o incluso meses.

Suelo construir la trama sobre la marcha. No soy de esos escritores que conciben de inicio la narración al completo, al menos en sus rasgos esenciales, y solo entonces ponen manos a la obra. Así pues, estoy acostumbrado al vacío, a la experiencia de “la nada y lo aniquilante”, pero tal amenaza tiene su aspecto positivo: la sorpresa. En muchas ocasiones soy el primer sorprendido por los derroteros de la trama, que se desarrolla envuelta en sí misma. Y en este punto hay que echar mano de dos cualidades más:la paciencia y la confianza. Ambas van juntas y se nutren de la propia experiencia: tarde o temprano, la idea acaba apareciendo y hay que confiar en que así será, sin desistir del impulso inicial.

estoy acostumbrado al vacío, a la experiencia de “la nada y lo aniquilante”, pero tal amenaza tiene su aspecto positivo: la sorpresa.

Y al avanzar en la trama, van surgiendo otras preguntas: ¿cuál es el conflicto, quién o qué es el “oponente”? ¿Qué personajes o acontecimientos mantienen la tensión argumental? O, ¿Cuál es la estructura narrativa, el ritmo, cuáles las características de los personajes?

En medio de todo aparece una necesidad que suele ofrecerme gran satisfacción: la de documentarme. Hoy en día Internet nos ofrece recursos ilimitados. Cuando escribí mi primera novela no disponía de esta fuente de información, y para contextualizar el entorno histórico en el que transcurría la novela (el momento en que Alejandro Magno se enfrenta al ejército persa en la batalla de Gaugamela) tuve que buscar y adquirir libros de historia, pero había cuestiones que no encontraban respuesta en semejantes obras y que hubieran requerido de un trabajo exhaustivo: cómo vestían y qué nombres daban a sus atuendos, qué comían, qué dinero usaban…, en resumen, cómo era su vida cotidiana. Sobre ello, en aquel momento, encontré poca cosa. Hoy es diferente. Internet te ofrece acceso inmediato a todo tipo de documentos y materiales, incluidas imágenes, vídeos o películas, por lo que el hecho de documentarse se convierte en una experiencia de acceso fácil y apasionante. Temas sobre los que nunca antes había pensado o que sólo habían llamado mi atención tangencialmente o en absoluto se convierten en centro de interés, y me veo impulsado a navegar por aguas desconocidas que me permiten descubrir tierras que permanecían ignotas a mi conocimiento. ¿Cómo viven la tribus amazónicas, cómo era la ciudad de Granada en 1960, qué se sabe sobre los avances científicos en temas como la inmortalidad o la inteligencia artificial, cuántos suicidios provocó la crisis económica de 2008…?

De modo que, cuando creas un mundo de la nada, descubres otros muchos existentes que ayudan a conformarlo y constituyen un sustrato, a veces no explícito, de la narración.

¿Y el final? Ese es otro gran tema: cómo acabar, cuál es el momento y la escena oportuna tras la cual aparecerá la palabra Fin. Hay quien dice que la calidad de una novela depende, en gran medida, de su final. Seguramente. Es lo último que lees y, por tanto, el broche de toda la narración. Sin negar su importancia, no creo que sea para tanto. La novela es un todo articulado y coherente que no puede resumirse a un buen final, aunque cierto es que se trata del último sabor de boca.

No tengo recetas para el final, como para nada. En general, me considero un escritor intuitivo, así que el final también llega cuando y como tiene que llegar, al albur de lo que ha ido sucediendo a lo largo de la narración. Y la sorpresa forma parte también del final. A veces creo tenerlo al alcance de la mano y resulta que aún quedaba un buen trecho por recorrer; a veces lo veo lejos y me asalta a la vuelta de una esquina. Pensaba que sería así y acaba siendo asá. Y con el final, tras las sucesivas y obligadas revisiones, regresamos al principio: a la nada.

Y con el final, tras las sucesivas y obligadas revisiones, regresamos al principio: a la nada.

Sobre el autor: Raúl Martínez Ibars

Tres vectores confluyen en el universo creativo de Raúl Martínez Ibars (1955): el mundo social y político, al que ha dedicado su vida profesional como investigador y dirigente de diversas organizaciones sociales; el mundo de la espiritualidad, la evolución consciente y la psicoterapia, formándose y practicando variadas disciplinas psicológicas y espirituales; y el sentido del humor, para el cual no ha recibido otras influencias que su propia necesidad de divertirse escribiendo.

Toda su obra se construye bajo el influjo de tales elementos, que desembocan, invariablemente, en la realidad actual, dotando a su escritura de un marcado carácter periodístico. Awayagüé, La danza de la muerte, su octava y última novela, escrita al filo de la ciencia ficción, recoge todos esos componentes y ofrece una mirada crítica sobre un mundo, el nuestro, que se acerca al abismo de su propia extinción. Comunidad de AUTORES se encarga de la publicación de esta obra y estará disponible muy pronto.

Otras obras del autor son: Alarbe, la ciudad perdida; El milagro; Hombres en crisis; Chica Valor; Nadie te está esperando; Los que van a morir…; y El límite del perdón.

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