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Conocimiento encarnado. De analogías entre la Ciencia y la Espiritualidad.

Thierry Dugnolle (Trabajo propio) [CC0], via Wikimedia Commons Sobre la imagen: La relación de indeterminación de Heisenberg o principio de incertidumbre por el que se establece la imposibilidad de determinar simultáneamente y con precisión arbitraria, en términos de la física cuántica, determinados pares de magnitudes físicas observables y complementarias. Función de onda gaussiana de una partícula libre que está localizada al inicio. El color (blanco, azul, verde) indica la fase de , la intensidad indica max .max  está siempre en el centro. El principio de incertidumbre se refiere al estado inicial. La posición está inicialmente determinada con gran precisión, pero no así el momento lineal (cantidad de movimiento). El esparcimiento de la onda en todas las direcciones muestra cómo el momento lineal no está determinado. Una manera de medir el momento lineal es determinar la posición para dos instantes de tiempo diferentes. Esto es cierto tanto en mecánica clásica como en mecánica cuántica. Conociendo la posición inicial, la dispersión de la segunda posición, del paquete de onda, es también la dispersión del momento lineal inicial. En otras palabras, cuanta mayor certeza se busca en determinar la posición de una partícula, menos se conoce su momento lineal y, por tanto, su masa y velocidad. Este principio fue enunciado por el físico teórico alemán Werner Heisenberg en 1927.

de Raúl Martínez Ibars para Comunidad de AUTORES: Conocimiento encarnado. De las analogías entre la Ciencia y la Espiritualidad.

Vivimos en la era del conocimiento. La ciencia nos desvela y asombra cada día con nuevos descubrimientos que nos explican “el mundo”. Pero ¿son realmente nuevos muchos de esos descubrimientos? Lo que de verdad me asombra y me sorprende es la “extraña” coincidencia entre algunos de estos “grandes” descubrimientos de la investigación moderna y lo que nos ha sido legado por sabios de tiempos pretéritos, que no contaban, por supuesto, con el aparataje técnico de la ciencia actual, ni con su andamiaje teórico y metodológico.

En los años 80, cuando comencé a navegar los procelosos mares de la mecánica cuántica, me impactaron las similitudes, descritas por Fritjof Capra[1] o Gary Zukav[2], entre el mundo tal y como aparecía a ojos de la física cuántica y los términos, conceptos y metáforas usadas para describirlo, y el que era presentado por místicos y sabios orientales y occidentales de todos los tiempos. Aún hoy en día esta similitud sigue siendo fuente de asombro y comienza a hablarse de nuestro cerebro como de un órgano cuántico (¿místico?).

me impactaron las similitudes entre el mundo tal y como aparecía a ojos de la física cuántica y los términos, conceptos y metáforas usadas para describirlo, y el que era presentado por místicos y sabios orientales y occidentales de todos los tiempos.

Por ejemplo, las enseñanzas vertidas en occidente por Gurdjieff, y que proceden de una antigua tradición del medio-oriente, nunca han dejado de sorprenderme, especialmente cuando la ciencia moderna ha ido avalando muchas de sus propuestas (obviamente sin otorgarle ninguna paternidad ni vínculo), en especial en lo que se refiere a la psique humana y a su funcionamiento.

En algunos de sus escritos, Gurdjieff definía al ser humano como un ser tri-cerebrado, que se correspondían con tres centros o mentes del hombre: el centro motor o instintivo, el centro emocional y el centro intelectual. Ignoro si el médico y neurocientífico Paul MacLean había leído a Gurdjieff cuando elaboró su teoría de los tres cerebros, según la cual el cerebro humano es producto de la evolución de las especies terrestres, desde el cerebro reptiliano, situado en el tronco cerebral, en lo más profundo del cráneo y cuyos circuitos median elementos básicos del flujo de energía, como los estados de activación y alerta y el estado fisiológico del cuerpo (temperatura, respiración, ritmo cardíaco)[3]; el cerebro del mamífero, el tálamo (sistema límbico, hipotálamo…), entre el tronco cerebral y el neocórtex, que vincula diferentes áreas del cerebro y que median la emoción, la motivación y la conducta dirigida a objetivos; y el neocórtex o cerebro propiamente humano, que se encarga del procesamiento de información más compleja, como la percepción, el pensamiento y el razonamiento. Pero lo cierto es que las similitudes son evidentes.

A partir de aquí, Gurdjieff distinguía en estos “cerebros”, mentes o centros dos niveles de funcionamiento, el ordinario y el superior. En el primero nos movemos el común de los mortales y, según su concepción, ese movimiento es automático y mecánico, por lo que, el principal divulgador de su conocimiento, P.D. Ouspensky, decía irónicamente que para estudiar la mente ordinaria no hacían falta conocimientos de psicología sino de mecánica.[4] Para acceder al centro emocional o intelectual superior, debía realizarse un esfuerzo consciente, practicando la autoobservación y la no identificación.

Obviamente, de esto nada dice MacLean, aunque sí múltiples corrientes de desarrollo psicológico que se basan en la neurociencia para proponer mecanismos de cambio psicológico y de crecimiento personal y mejora del potencial humano. Las técnicas de autoobservación y no identificación, tal y como se entendían en el sistema de Gurdjieff, se hallan en el núcleo de estas propuestas.


 

"…Y el sentimiento de amenaza iba acompañado de otro muy desagradable, la angustia. Ese potaje emocional le obnubilaba el entendimiento, llenándolo de dudas. Si con algo se había llevado mal Curt toda su vida era con la duda. Por eso se había convertido en científico, porque era el campo del conocimiento humano donde más abundaban las certezas. Por eso desconfiaba y despreciaba a la filosofía, la historia o la psicología, por nombrar algunas de las disciplinas llamadas humanas, porque su campo de estudios era, en realidad, un campo de minas, sujeto a la interpretación subjetiva y, por tanto, a la duda sobre sus resultados. En matemáticas, en física, en química…, una vez asentada una verdad, esta deviene irrefutable.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que no husmees en esa información seudocientífica! Nosotros somos verdaderos científicos, no nos basamos en teorías e interpretaciones esotéricas, sino en putos datos objetivos, demostrables y verificables. Disculpa la expresión, pero es que no puedo soportar que pierdas el tiempo con esas tonterías.

—Acepto tus disculpas, Curt. Pero precisamente de eso se trata, “de putos datos objetivos, demostrables y verificables”."

de la novela Awayagüé. La danza de la muerte.


Lo mismo ocurre con otras estructuras mentales presentadas por Gurdjieff y que encuentran un amplio paralelismo con las descritas por autores que se han esforzado por darle una base científica al conocimiento de la mente. Es el caso del par “ego” / “sí mismo” de C.G. Jung, y “personalidad” / “esencia” de Gurdjieff. Para Jung, el sí mismo es un símbolo de totalidad[5], de integración de la psique. De la misma manera, en el sistema de Gurdjieff la personalidad es una construcción múltiple de fundamentos falsos, mientras que la esencia representaría el todo integrado que accede a un conocimiento directo y no contaminado de sí mismo y el mundo.

Por supuesto que más que de identidad o igualdad de términos, estamos hablando de analogías, que resultan evidentes más allá de las posibles diferencias conceptuales.


Había creído ciegamente en la iluminación y el despertar de la conciencia preconizada por Buda, en el encuentro con el Amado, por usar las palabras de Rûmî, o en la transformación del yo en el sí mismo, por usar las de Jung. Creía en la chispa divina que se oculta en el espíritu del hombre y lo enciende; creía en la evolución espiritual, en el trabajo sobre sí, en palabras de Gurdjieff. Creía con Platón, que las tres virtudes elementales eran la Bondad, la Verdad y la Belleza, y todas estas creencias y otras muchas configuraban los fundamentos de su ser y de su acción. Pero hoy, allí sentado, todas ellas perdían su significado, se convertían en palabras huecas que parecían no concernirle. Nada semejante le había ocurrido antes, pero este extraño e incomprensible viaje estaba socavando todo aquello que lo conformaba, como si algo en él, algo básico, se estuviera desmoronando y descubriera, sin acabar de decírselo, que el emperador estaba desnudo, que todo estaba vacío, pero sobre todo, que él estaba vacío.

de la novela Awayagüé. La danza de la muerte.


Otra teoría que acude a mi mente en estos últimos tiempos es la desarrollada por René Guénon[6] según la cual la evolución de la humanidad se desarrolla por ciclos que parten de lo cualitativo (esencia) y degeneran hacia lo cuantitativo (substancia), desarrollo que tiene su correlato geográfico en un movimiento de este a oeste, de China a América, y vuelta a empezar. Así el ciclo actual comenzó en China, de donde se fue trasladando a India, Oriente Medio, Europa (Grecia, Roma, Francia, España…). Desde los países más occidentales de Europa salta a América y ahora parecería que de nuevo está dando el salto a China. Aunque como se trataría de un final de ciclo, el salto más bien parece que sea al vacío, condición al parecer sine qua non para que se inicie una nueva era basada en la cualidad.


 

—¿Y qué es, según tú, lo verdaderamente importante?

—La evolución humana. El salto a un nivel superior de consciencia. La humanidad está en peligro y si no trasciende su actual estado de ser, puede llegar incluso a desaparecer, o al menos a sufrir un profundo y, sin lugar a dudas, muy doloroso retroceso. Lo que tú llamas el elixir de la eterna juventud no es más que un catalizador, un acelerador y un potenciador, además de un inestimable anzuelo, como ya he dicho.

—¿Y puede saberse qué pescas?

—Conciencias.

—¿Estás hablando de religión?

—No. Estoy hablando de ciencia. Ciencia del Ser. Ciencia de la Consciencia.

Sirus había decidido comenzar a difundir su mensaje a gran escala.

de la novela Awayagüé. La danza de la muerte.


Vuelvo a repetir que, más allá de la exactitud de los datos, teorías, etcétera, que se comparan, me interesa su concomitancia, su carácter analógico. Siempre me ha gustado bucear por diferentes corrientes y he disfrutado con este pulso entre el conocimiento científico moderno y lo que podemos llamar el conocimiento tradicional, basculando en ocasiones de un polo a otro, del materialismo al idealismo, de la ciencia a la espiritualidad… en una búsqueda de síntesis que quizás tenga su correlato orgánico en los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro y en el cuerpo calloso.

Siempre me ha gustado bucear por diferentes corrientes y he disfrutado con este pulso entre el conocimiento científico moderno y lo que podemos llamar el conocimiento tradicional, basculando en ocasiones de un polo a otro, del materialismo al idealismo, de la ciencia a la espiritualidad…

Sabemos cómo se han producido los avances científicos, y me admira el ingenio de los predecesores griegos. Pero ¿cuáles son los métodos del conocimiento tradicional?

Obviamente, gran parte de este conocimiento se basa en la experimentación y en la observación de los fenómenos naturales, pero también y en gran medida en el método y la praxis de lo que Gurdjieff llamaba autoobservación, el famoso “Conócete a ti mismo y conocerás el mundo”, de Delfos: la meditación, el trance, los sueños… Un conocimiento que brota del propio ser… y lo transforma.


"…Para acabar de rematar la faena, sus devaneos con la filosofía, con la psicología y, tras saber de Sirus Shams, con el misticismo, le estaban haciendo perder el único suelo seguro sobre el que se habían asentado sus pies: su fe ciega en la ciencia empírica.

Curt no podía evitar enfrascarse en la lectura de textos filosóficos con el ansia de un poseso, arrastrado por la vana esperanza de encontrar el agua que calmara su sed, pero convencido a un tiempo de que daba vueltas alrededor de un pozo ciego. Su acendrado positivismo y su mente educada

durante tantos años en rebatir todo aquello que no fuera medible, le gastaban una mala pasada, dividiéndolo en dos: por un lado, su anhelo de hallar una respuesta a la pregunta, “¿qué sentido tiene mi vida?”; y, por otro, su convencimiento de que tal respuesta no existía."

de la novela Awayagüé. La danza de la muerte.


Y ésta quizás sea la gran diferencia. Mientras que un conocimiento, el científico, nos sitúa fuera del mundo, convirtiéndonos en observadores externos que no somos afectados por lo que conocemos, el otro, el tradicional, nos coloca en el centro del mundo, convirtiéndonos en instrumento del conocimiento y siendo afectados por éste.

el paradigma científico y el tradicional se encuentran y entrecruzan. La ciencia ya no puede separar objeto y sujeto, el hecho de conocer transforma el mundo y nos transforma, el observador influye en lo observado que a su vez influye en el observador.

Hoy día cada vez más el paradigma científico y el tradicional se encuentran y entrecruzan. La ciencia ya no puede separar objeto y sujeto, el hecho de conocer transforma el mundo y nos transforma, el observador influye en lo observado que a su vez influye en el observador. Ya no podemos seguir creyendo que el yo y el mundo son cosas distintas, que la psique y el cosmos no se relacionan, pero seguimos actuando como si lo fueran. Y así nos va. Es por eso que, quizás, para sobrevivir a esta era llamada de la información, que nos abruma con datos troceados que flotan en una nube externa que apenas roza la superficie de nuestro cerebro, tengamos que hacer el esfuerzo de “encarnar” el conocimiento, como han hecho los sabios de todos los tiempos, dejándonos tocar y transformar y siendo co-partícipes de lo conocido.


[1] Fritjof Capra: El punto crucial. Integral. Barcelona, 1985.

[2] Gary Zukav: La danza de los Maestros. Argos Vergara. Barcelona, 1981.

[3] Daniel J. Siegel: La mente en desarrollo. Biblioteca de Picología Desclée. Bilbao 2007.(págs. 33 y ss)

[4] Kenneth Walter: Enseñanza y sistema de Gurdjieff. Dédalo. Buenos Aires, 1972.

[5] C.G. Jung et alter: El hombre y sus símbolos” . Paidós. Barcelona, 1999.

[6] René Gunon: El reino de la cantidad y los signos de los tiempo. Ayuso. Madrid, 1976

 


Sobre el autor: Raúl Martínez Ibars

Tres vectores confluyen en el universo creativo de Raúl Martínez Ibars (1955): el mundo social y político, al que ha dedicado su vida profesional como investigador y dirigente de diversas organizaciones sociales; el mundo de la espiritualidad, la evolución consciente y la psicoterapia, formándose y practicando variadas disciplinas psicológicas y espirituales; y el sentido del humor, para el cual no ha recibido otras influencias que su propia necesidad de divertirse escribiendo.

Toda su obra se construye bajo el influjo de tales elementos, que desembocan, invariablemente, en la realidad actual, dotando a su escritura de un marcado carácter periodístico. Awayagüé. La danza de la muerte, su octava y última novela, escrita al filo de la ciencia ficción, recoge todos esos componentes y ofrece una mirada crítica sobre un mundo, el nuestro, que se acerca al abismo de su propia extinción. Comunidad de AUTORES se encarga de la publicación de esta obra y estará disponible muy pronto.

Otras obras del autor son: Alarbe, la ciudad perdida; El milagro; Hombres en crisis; Chica Valor; Nadie te está esperando; Los que van a morir…; y El límite del perdón.


 

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