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de Raúl Martínez Ibars para Comunidad de AUTORES: ¿Conciencia o catástrofe?

¿Conciencia o catástrofe?

 

Me pregunto qué mecanismos psicológicos operan en aquellas personas, muchas de ellas de clase media, profesionales cualificados, hombres o mujeres de negocios, gente formada y con una vida en general apacible, que les llevan a abrazar con un afán digno de otros esfuerzos una posición ética y política que bascula hacia posiciones de extrema derecha.

He de reconocer que todo lo que se opina, siente y debate parte de una determinada perspectiva, así también sucede con mi opinión.

Para mí resulta evidente que, dado el nivel de desarrollo de nuestra civilización, el único camino que nos puede salvar de la quema, de un desastre de dimensiones apocalípticas que amenace con la continuidad de la vida humana en la Tierra tal y como la conocemos, es un cambio de rumbo. Un cambio de rumbo decidido y contundente que abogue por la puesta en práctica de nuevos valores, como el bien común, la solidaridad, la consecución de estándares mínimos de vida para todo el mundo y la limitación del poder de los que más tienen, reorientando la economía hacia sectores y ámbitos de negocio compatibles con la sostenibilidad, la ecuanimidad y la vida.

Un cambio de rumbo decidido y contundente que abogue por la puesta en práctica de nuevos valores, como el bien común, la solidaridad, ...

Imagino que si pidiéramos a la gente que nos describiera cuál es el mejor mundo posible que puede imaginar, qué clase de mundo y de vida desearía para sí mismo y para sus hijos en un futuro próximo, la gente no optaría, en su mayoría, por un escenario de guerras, enfrentamientos internos, gobiernos mafiosos, pobreza generalizada, desastres ecológicos y caos mundial. Sin embargo, cada vez más personas, de estatus y condición diversa, se aferran a discursos de odio y desprecio, basados en la rabia, en una ira soterrada que se refugia en el convencimiento sin fisuras de su propia razón, que se sostiene en una emocionalidad que no atiende a datos ni a razonamientos y se alimenta de bulos y mentiras que no se confrontan con la realidad. ¿A qué se debe semejante distorsión cognitiva?

cada vez más personas, de estatus y condición diversa, se aferran a discursos de odio y desprecio, basados en la rabia, en una ira soterrada que se refugia en el convencimiento sin fisuras de su propia razón, que se sostiene en una emocionalidad que no atiende a datos ni a razonamientos y se alimenta de bulos y mentiras que no se confrontan con la realidad.

¿Cómo es posible que en todo el mundo, en distintos países y situaciones, en Estados Unidos y Europa, pero también en Asia, en África o en América Latina aparezcan corrientes de opinión y pensamiento y personajes en auge que aboguen tan descaradamente por todo aquello que, con una visión de mayor altura, solo puede llevarnos al desastre? ¿Cómo la gente acaba creyendo que la tierra es plana, que no existe cambio climático, que si me encierro en mis fronteras y expulso a todos los que no son como yo viviré en paz y tranquilidad? ¿Cómo es posible que tanta gente se apunte a ideas defendidas por matones, por payasos, por ignorantes, por personas que, sin duda, sufren algún trastorno mental o cuanto menos moral? ¿Qué virus de la conciencia ataca a estas personas y las contamina con una forma de sentir y pensar cuya puesta en práctica nos llevará al desastre más absoluto, a ese futuro distópico del que seguramente ellos mismos abominarían?

¿Cómo la gente acaba creyendo que la tierra es plana, que no existe cambio climático, que si me encierro en mis fronteras y expulso a todos los que no son como yo viviré en paz y tranquilidad? ¿Cómo es posible que tanta gente se apunte a ideas defendidas por matones, por payasos, por ignorantes, por personas que, sin duda, sufren algún trastorno mental o cuanto menos moral?

¿Se trata de un problema de nivel de conciencia? Sin duda. Si por nivel de conciencia entendemos aquel más elemental basado en el corto plazo, en una visión reducida del mundo en el que prevalece, incuestionada, la propia opinión o interés o la opinión e interés de los que considero míos, los que son como yo, un “como yo” que puede definirse desde una perspectiva religiosa, nacional, étnica, económica, etc., y que divide el mundo entre nosotros y ellos. Y entendiendo por conciencia más evolucionada aquella que sostiene una visón más amplia, global e integradora, que es capaz de reconocer las interrelaciones entre los fenómenos, los sistemas y las personas y sus mutuas y complejas interdependencias, y que se basa en la comprensión y el conocimiento a la hora de tomar decisiones.

entendiendo por conciencia más evolucionada aquella que sostiene una visón más amplia, global e integradora, que es capaz de reconocer las interrelaciones entre los fenómenos, los sistemas y las personas y sus mutuas y complejas interdependencias, y que se basa en la comprensión y el conocimiento a la hora de tomar decisiones.

Si estableciéramos estos, o parecidos, parámetros para definir un nivel inferior y un nivel superior de conciencia, llegamos fácilmente a la conclusión, como planteo en mi última novela, Awayagüé , La Danza de la Muerte, de que si no damos un salto cualitativo hacia un nivel más elevado de conciencia, iremos directos al desastre.

¿Qué puede provocar un cambio de conciencia que nos permita superar el egocentrismo, la avaricia y la competitividad como modelo y guía de acción, y sustituirlos por la cooperación, la solidaridad y la generosidad? ¿Cómo se accede a un nivel de conciencia superior que, obviamente, ha de ser un proceso individual, personal, ha de ocurrir en cada uno? Este es, quizás, el quid de la cuestión. ¿Hacia dónde nos inclinaremos como humanidad una vez confrontados los individuos al dilema de tener que optar o por más de lo mismo o por ensayar y poner en marcha otras formas de organización social, política y económica, por abrazar otros valores que nos permitan superar la crisis en la que nos encontramos?

¿Hacia dónde nos inclinaremos como humanidad una vez confrontados los individuos al dilema de tener que optar o por más de lo mismo o por ensayar y poner en marcha otras formas de organización social, política y económica, por abrazar otros valores que nos permitan superar la crisis en la que nos encontramos?

Una crisis, no lo olvidemos, que no ha sido provocada en realidad por el coronavirus, que no es más que un síntoma o desencadenante, sino que es una crisis de humanidad, de crecimiento exponencial del género humano, de crecimiento de un capitalismo salvaje basado en la avaricia como única guía, del control y el dominio de unos sobre otros, de destrucción de la naturaleza y que nada tiene que ver con el bichito maldito.

La única forma de salir de esta situación es dar una salto cualitativo de la conciencia humana. Pero ¿estamos dispuestos, estamos preparados, podemos siquiera dar ese salto por voluntad propia, o es algo que nos sucede, que ocurre más allá de nosotros mismos, de nuestra voluntad, que nos viene impuesto? ¿Es posible un cambio provocado por una autoevolución consciente o estamos condenados a repetir una y otra vez el drama de una humanidad atrapada en las contradicciones y limitaciones de una mente incapaz de salir de sí misma? Quizás necesitemos de otro tipo de intervención externa, una vacuna mental que nos devuelva la salud, que no fomente el enclaustramiento sino la apertura, que no se centre en el sálvese quien pueda y todo para el mejor, sino en la solidaridad, la cooperación y en la ayuda mutua.

La única forma de salir de esta situación es dar una salto cualitativo de la conciencia humana.

Sea cual sea la respuesta que nos demos, estoy convencido, como decía Albert Einstein, de que un problema no puede solucionarse desde el mismo nivel de comprensión y conciencia que lo creó. Por lo tanto, sólo podremos salir de ésta si cada uno de nosotros y la humanidad en su conjunto elevamos un octavo la vibración de nuestra conciencia y somos capaces de salir del confinamiento de nuestras estrechas y egoístas visiones y emociones, para abarcar una conciencia social, ecológica y planetaria que nos permita considerarnos una sola humanidad, sustituyendo el “yo” por el “nosotros”.

sólo podremos salir de ésta si cada uno de nosotros y la humanidad en su conjunto elevamos un octavo la vibración de nuestra conciencia y somos capaces de salir del confinamiento de nuestras estrechas y egoístas visiones y emociones

¿Lo lograremos?

El abrazo,1976 de Juan Genovés, Valencia 1930- Madrid 2020. Símbolo de la reconciliación española tras la dictadura. Estuvo en el despacho de los abogados laboralistas de Atocha asesinados en 1977. Su sangre salpicó su superficie. Posteriormente fue comprado por un coleccionista de Chicago hasta que se recuperó para el Museo Reina Sofía.  La obra fue utilizada para reclamar la amnistía de los presos políticos en su célebre cartel de 1976. El museo cedió el cuadro al Congreso de los diputados donde se exhibe actualmente.

Raúl Martínez Ibars

Tres vectores confluyen en el universo creativo de Raúl Martínez Ibars (1955): el mundo social y político, al que ha dedicado su vida profesional como investigador y dirigente de diversas organizaciones sociales; el mundo de la espiritualidad, la evolución consciente y la psicoterapia, formándose y practicando variadas disciplinas psicológicas y espirituales; y el sentido del humor, para el cual no ha recibido otras influencias que su propia necesidad de divertirse escribiendo. Toda su obra se construye bajo el influjo de tales elementos, que desembocan, invariablemente, en la realidad actual, dotando a su escritura de un marcado carácter periodístico.

Awayagüé, La danza de la muerte, su octava y última novela, escrita al filo de la ciencia ficción, recoge todos esos componentes y ofrece una mirada crítica sobre un mundo, el nuestro, que se acerca al abismo de su propia extinción. Comunidad de AUTORES se encarga de la publicación de esta obra y estará disponible próximamente.

Otras obras del autor son: Alarbe, la ciudad perdida; El milagro; Hombres en crisis; Chica Valor; Nadie te está esperando; Los que van a morir…; y El límite del perdón.

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